Desde hace ya tiempo, son constantes las noticias y publicaciones sobre la importancia del español a nivel internacional, el aumento de las cifras de estudiantes en todo el mundo y las maravillas de estudiar nuestra lengua en España.
Todos los veranos me echo a temblar cada vez que leo, veo o escucho alguna noticia sobre el turismo idiomático. Como profesor malagueño que trabaja en Málaga, llevo años asistiendo a un baile de mentiras orquestado por las instituciones y los medios que difunden una imagen distorsionada de lo que significa estudiar español en España.
No voy a discutir la situación privilegiada de Málaga como el segundo destino que más estudiantes recibe, pero sí lo que nadie cuenta, la lamentable y precaria situación laboral de quienes nos dedicamos a esta profesión, aquí y en todas partes. Porque de eso nadie habla y a los profesores nadie nos da voz.
Le dedicamos a nuestro trabajo más horas de las que nos pagan, porque nos gusta. Se podría decir que la labor previa de preparación de las clases es invisible y ese tiempo no se tiene en cuenta a la hora de remunerar nuestro trabajo. Y me consta que no soy el único que compagina el trabajo en diferentes centros con clases particulares e incluso actividades totalmente ajenas a nuestra profesión porque si no, no tendríamos un sueldo digno.
Ese el problema, que parece que los profesores en este país no somos dignos de vivir de nuestro trabajo. No nos engañemos, no tiene nada que ver con la crisis, siempre hemos tenido la misma consideración. Somos el último eslabón de la cadena y ahí tenemos ese convenio tan discutible para recordárnoslo.
Los estudiantes pagan en muchos casos cifras desorbitadas por un curso de inmersión en nuestro país de las que el profesor percibe una ínfima parte que no se corresponde ni con su esfuerzo, ni con su dedicación ni muchísimo menos con su formación.
¿Qué sería de esos estudiantes, de los centros, de las instituciones que se llenan la boca con palabras vacías si no estuviéramos nosotros, los profesores? Cada vez que alguien me dice "¿eres profesor de español para extranjeros? Entonces hablarás muy bien inglés" o "¿ah pero te preparas las clases? ¿no te pagan solo por hablar un poco con los guiris y ya está?" o "yo tengo un primo/amigo/conocido que se va al extranjero y está pensando en dar clases de español, ¿podrías ayudarle?" o cualquier otro despropósito por el estilo, me inunda una sensación de rabia y de pena al mismo tiempo, y no porque estos comentarios provengan de gente ajena a nuestro mundo, sino porque a veces tengo la sensación de que quienes controlan nuestro sector pecan de la misma ignorancia que ellos y nosotros se lo estamos permitiendo.

Nuestro trabajo es tan serio y respetable como cualquier otro, aunque a la vista está que no todo el mundo lo ve así. Hace unos meses Javier Villatoro lanzó una petición en change.org proponiendo el 15 de junio como el Día Internacional del Profesorado de Español como Lengua Extranjera, como medio de reivindicar un mayor conocimiento y por tanto reconocimiento profesional, económico y social. Me parece más que evidente que todavía estamos lejos de conseguirlo. Desde EducaSPAIN, red internacional que viene realizando un trabajo fantástico en esta línea, han intentado acercarse a las instituciones, pero les han dado la espalda. Otra prueba de que no les interesamos.
Seguramente esta entrada caerá en saco roto o hará un poquito de ruido que se pasará en unos días, pero es una publicación que creo necesaria. Si todos aunamos esfuerzos, podremos conseguir mejorar nuestra situación. Mientras tanto, seguiré leyendo, viendo y oyendo indignado todo tipo de noticias sobre la estupenda marca España y el turismo idiomático y no dejaré de preguntarme: ¿y los profesores qué?










